Una ciudad con cancelación de ruido
19 de octubre de 2026

Vivo en Madrid, donde parece que todo tiene prisa. Los coches, las obras, los repartidores. Hasta los edificios crecen hacia arriba, como si tampoco tuvieran tiempo de ensancharse. Cruzamos las calles con auriculares que cancelan ruido, miramos el móvil en el metro y, cuando por fin llegamos a casa, seguimos hablando. O eso creemos.
Porque yo mando audios, contesto WhatsApps, veo vídeos en los que alguien explica el mundo en cuarenta segundos. Paso el día recibiendo opiniones. Y, sin embargo, a veces me cuesta recordar cuándo fue la última vez que me senté a hablar con alguien sin hacer otra cosa a la vez.
A hablar n serio. No necesariamente de política ni de grandes preguntas. A preguntar, discrepar, cambiar de idea o descubrir que la otra persona tiene una historia que desconocía. La conversación tiene algo que el algoritmo no termina de ofrecernos: no sabemos muy bien dónde va a llevarnos.
Lo curioso es que Madrid dispone de lugares para hacerlo. It's Time to Think organiza encuentros en los que jóvenes se detienen a pensar y debatir con desconocidos. En la Biblioteca Iván de Vargas se celebran cafés filosóficos. La Casa Encendida dedica encuentros a conversar sobre lo que nos pasa. Y la reciente acampada por la vivienda en la Puerta del Sol, con sus asambleas y controversias, recuerda que una plaza también puede ser un lugar para discutir asuntos comunes.
Unas iniciativas son culturales, otras vecinales, otras reivindicativas. No tienen que parecerse ni estar de acuerdo. Comparten algo: ponen cuerpos y voces en el mismo espacio.
Quizá no falten todos los lugares. Quizá nos falte conocerlos, acercarnos y dedicarles tiempo.
Porque estos espacios tienen un valor que va mucho más allá de las conversaciones que albergan. Nos permiten encontrarnos con personas que difícilmente conoceríamos de otra manera, escuchar argumentos que cuestionan nuestras certezas y aprender a convivir con el desacuerdo. Nos recuerdan que no todas las preguntas tienen respuestas inmediatas y que no siempre hay que tener una opinión sobre todo.
Y, sobre todo, nos permiten practicar algo que quizá estemos dando demasiado por sentado: la capacidad de escuchar, de argumentar, de imaginar y de pensar con los demás.
Son precisamente algunas de las capacidades que tanto nos preocupa que estén perdiendo las nuevas generaciones. Hablamos constantemente de la falta de atención de los niños, de adolescentes pegados a las pantallas, de la necesidad de fomentar la lectura, la creatividad y el pensamiento crítico.
Y no digo que no tengamos motivos para preocuparnos. Pero hay algo que me resulta contradictorio. Les pedimos que levanten la mirada del móvil mientras nosotros caminamos con los auriculares puestos. Que aprendan a escuchar mientras interrumpimos. Que desarrollen sus propias ideas mientras consumimos opiniones ajenas durante horas. Que aprendan a debatir cuando muchas veces confundimos el debate con ganar una discusión de WhatsApp.
Quizá antes de preguntarnos por qué los jóvenes no conversan más, deberíamos preguntarnos cuánto conversamos nosotros y qué oportunidades les ofrecemos para hacerlo.
No necesitamos otro sermón sobre desconectar. Necesitamos razones para conectarnos de otra manera. Más lugares donde encontrarnos, más curiosidad por quienes piensan distinto y más tiempo para conversaciones que no tengan que terminar necesariamente en un acuerdo.
Quizá esa sea también la ambición de Open Motivation: no añadir otra opinión a la pantalla, sino invitar a conversaciones que empiecen cuando la apaguemos.
Madrid no va a bajar el volumen. Tal vez nos toque a nosotros quitarnos los auriculares.
Jorge Jiménez Cañas
Aspiro a participar en el cambio social global mediante el empoderamiento de las personas vulnerables, através de las instituciones públicas y/u ONG cuyo ámbito sea la cooperación internacional para el desarrollo y la ayuda humanitaria.
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