Niños/as que escriben con barro

Mi abuela tenía la costumbre de observar la vida como si fuera una película a la que siempre le faltaba una escena por comprender. Se sentaba en un banco del parque, apoyaba el bastón en la rodilla y se quedaba quieta, mirando. Ese día, dos adolescentes estaban a pocos metros de nosotros. Compartían banco, mochila y merienda, pero no compartían la conversación. Cada uno hablaba por su móvil, con alguien que no estaba allí. Y entonces ella, casi en un susurro, dijo: “Qué raro es esto. Están juntos, pero no están.”
No lo dijo como reproche. Lo dijo como quien escucha una música desafinada y no sabe exactamente por qué. Yo tampoco supe qué contestarle. Solo me quedó esa imagen: dos chicos que podrían estar riéndose juntos, intercambiando secretos, discutiendo por una tontería… y en cambio había entre ellos un silencio que no era silencio, sino ausencia.
A veces las infancias se cuentan así, con escenas pequeñas que uno no sabe que está guardando hasta que, mucho después, vuelven a aparecer. Como la tarde en la que, de niño, me atreví a meter las manos en el barro por primera vez. No era una actividad organizada, ni un taller artístico, ni una excursión programada. Fue simplemente un charco tras la lluvia. Recuerdo que miré alrededor esperando que alguien me dijera que no debía ensuciarme, que eso no era “correcto”. Pero nadie lo hizo. Y cuando metí los dedos, algo dentro de mí hizo clic, como si ese gesto tan sencillo llevara años esperando su turno.
No pienso en el barro como romanticismo barato. Pienso en lo que significó: textura, peso, olor, la certeza de estar tocando algo real, algo que no está mediado por una pantalla ni un filtro. Cuando uno toca barro, toca mundo. Y esa sensación no se olvida fácilmente.
He trabajado con niños y niñas durante años. En campamentos, en proyectos sociales, en barrios donde falta casi todo y en otros donde sobra casi todo. Y hay algo que se repite siempre: en cuanto aparece la oportunidad de tocar la tierra, de mancharse las manos, de hacer algo sin instrucciones, la infancia respira. Respira de verdad, como si hasta entonces hubiera estado aguantando el aire sin saberlo.
No sé cuándo empezamos a creer que los niños necesitan estar siempre ocupados, siempre productivos, siempre protegidos de cualquier mancha, de cualquier riesgo, de cualquier silencio. Pero cada vez que salimos al campo, cada vez que nos alejamos del ruido y de la prisa, descubro lo mismo: la infancia avanza mejor cuando se la deja en paz.
Una vez, en una excursión, un niño me preguntó si los árboles “se hablaban entre ellos”. No supe responderle con exactitud, pero me encantó que su pregunta viniera de mirar, no de buscar en Google. Otro se pasó media hora recogiendo piedras distintas sin preguntarme qué tenía que hacer con ellas. Otra niña se quedó quieta escuchando el sonido del agua como si fuera la primera canción de su vida. En esos momentos siento que el tiempo cambia de velocidad y deja de correr hacia adelante para quedarse ahí, detenido, latiendo.
Tal vez lo que estamos perdiendo no es la infancia en sí, sino el espacio que necesita para desplegarse. Tal vez la hiperconexión no es mala por exceso, sino por sustitución: sustituye lo que antes era vínculo, presencia, conversación, contacto, experiencia. No porque la tecnología sea enemiga, sino porque la estamos usando para llenar vacíos que se llenan de otra manera.
Si pienso en aquel comentario de mi abuela, entiendo que lo que le sorprendía no era la tecnología, sino la manera en que nos está robando gestos diminutos. La risa compartida sin pantalla de por medio. El silencio que no es incómodo. La mirada que se sostiene unos segundos más. La libertad de aburrirse sin sentirse culpable. Y, sobre todo, la capacidad de estar.
A veces me pregunto qué pasaría si, un día cualquiera, devolviéramos a los/as niños/as el derecho a ensuciarse, a correr sin destino, a explorar sin que alguien les explique todo antes de tiempo. Qué pasaría si les devolviéramos eso que la prisa y las pantallas les han quitado sin querer: la posibilidad de escribir su nombre en barro húmedo y sentir que ese gesto tiene sentido por sí mismo.
Quizá ahí esté la verdadera revolución educativa: en arrodillarnos a su lado, mirar lo que están creando —aunque sea una masa informe— y decirles, sin prisa: “Sigue. Estoy aquí.”
No hace falta explicar nada más. El mundo ya se encarga de lo demás.
Jorge Jiménez Cañas
Aspiro a participar en el cambio social global mediante el empoderamiento de las personas vulnerables, através de las instituciones públicas y/u ONG cuyo ámbito sea la cooperación internacional para el desarrollo y la ayuda humanitaria.
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