Las dos semanas perdidas de junio

Hay un momento del curso que casi todo el mundo reconoce.
Llega junio. Hace calor. Las ventanas del aula están abiertas. Los exámenes finales ya han terminado para muchos. Algunos estudiantes tienen recuperaciones. Otros simplemente esperan a que pasen los días. Los profesores llegan cansados, agotados después de meses de clases, evaluaciones, conflictos, reuniones y burocracia.
Y entonces aparece esa pregunta que flota en muchos centros educativos:
“¿Y ahora qué hacemos estas dos semanas?”
Películas. Juegos improvisados. Horas vacías. Tiempo que hay que “rellenar” hasta que llegue oficialmente el verano.
Y siempre pienso lo mismo: qué pena.
Qué pena que, precisamente cuando ya no existe la presión del temario, muchas veces tampoco aparece el espacio para aprender cosas importantes.
Porque quizá esas dos semanas podrían ser otra cosa.
Podrían ser el momento perfecto para conectar el aula con la vida real.
Traer a una ONG a contar cómo trabaja con personas migrantes o con infancia vulnerable. Visitar una residencia y escuchar historias de quienes han vivido muchísimo más de lo que aparece en los libros. Invitar a artistas que enseñen el arte desde otro prisma. Hablar de salud mental, de vivienda, de redes sociales, de soledad, de cooperación, de barrio, de comunidad.
Podrían venir enfermeros, carpinteras, fotógrafos, educadores sociales, músicos o voluntarios. Personas normales haciendo cosas valiosas.
Y quizá ahí ocurriría algo importante: muchos alumnos descubrirían por primera vez que el mundo no está dividido en asignaturas.
Porque la vida no funciona por compartimentos.
La empatía no pertenece a Valores Éticos. La creatividad no pertenece solo a Plástica. La solidaridad no es una actividad extraescolar. Y aprender a escuchar a otros probablemente sea una de las habilidades más importantes que una persona puede desarrollar.
Sin embargo, el sistema educativo muchas veces funciona con otra lógica: terminar temarios, cerrar notas, evaluar competencias, completar programaciones.
Y en medio de todo eso, se nos escapan espacios profundamente humanos.
Lo paradójico es que esas últimas semanas probablemente son las únicas del año donde existe cierta libertad real para experimentar cosas distintas. Ya no hay tanta presión académica. Los alumnos están más relajados. El curso está prácticamente cerrado. Y aun así, muchas veces, acabamos usando ese tiempo simplemente para sobrevivir hasta las vacaciones.
No es una crítica a los docentes. Al contrario.
La mayoría llegan exhaustos a junio. Sostener un aula durante todo un curso requiere una energía emocional enorme que muchas veces no se reconoce lo suficiente. Y precisamente por eso quizás la pregunta debería ser colectiva:
¿Por qué no tendemos más puentes?
¿Por qué cuesta tanto conectar colegios con asociaciones, fundaciones, centros culturales, residencias, hospitales, bibliotecas o proyectos sociales del propio barrio?
Hay miles de personas fuera de los centros educativos deseando compartir experiencias valiosas. Y hay miles de jóvenes dentro de las aulas necesitando precisamente eso: sentir que lo que aprenden tiene relación con la vida.
A veces hablamos mucho de innovación educativa mientras olvidamos algo bastante sencillo: abrir las puertas.
Abrirlas al barrio. A otras generaciones. A otras historias. A otras formas de mirar el mundo.
Quizá el aprendizaje más importante no sea memorizar algo para un examen de dentro de tres días.
Quizá sea descubrir, aunque solo sea durante una mañana de junio, que existen otras maneras de vivir, trabajar, cuidar y construir comunidad.
Y quizá entonces esas dos semanas dejarían de ser tiempo perdido.
Jorge Jiménez Cañas
Aspiro a participar en el cambio social global mediante el empoderamiento de las personas vulnerables, através de las instituciones públicas y/u ONG cuyo ámbito sea la cooperación internacional para el desarrollo y la ayuda humanitaria.
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