La longevidad de lo efímero

… la sombra del sol tritura
la esfinge de mi estrella
las promesas se coagulan
frente al signo de estrellas estranguladas
y el tiempo estranguló mi estrella
pero su esencia existirá
en mi intemporal interior
brilla esencia de mi estrella!
Alejandra Pizarnik, Reminiscencias, “La tierra más ajena”, 1955
El tiempo es un fenómeno curioso de explicar. Convive, casi siempre, con el desorden. Esto provoca que, en muchas ocasiones, nos preguntemos qué sentido se le puede dar a las etapas de la vida de un ser humano. Porque el viaje vital de una persona podría fraccionarse por tramos, al menos desde los prismas occidentales.
Podría establecerse, pues, que la vida se encuentra marcada por la transitoriedad de su naturaleza. Y, como consecuencia de la provisionalidad de sus procesos, ¿nos vemos abocados a un extraño estado de soledad? ¿O estamos abrigados por un incesante acompañamiento incorpóreo de todo lo vivido? Planteo estas cuestiones porque, a veces, evolucionar hacia nuevas etapas se hace terriblemente complicado. El yo de ese período vital compone una parte de mi identidad, que existió con gran viveza y que, de alguna forma, acabará permaneciendo en el tiempo. No obstante, es inexorable que una parte de ese alguien quede, a su vez, congelado en esa franja de vida. Transicionar a otra fase implica alterar el entorno y alterarme a mí. Es casi como si reinventáramos nuestra identidad, pero siendo fieles a la esencia que permanece.
De hecho, no sabría decidir si la sensación de continuidad de mi espíritu reside más en el hoy, o en el ayer. Existe una fina línea entre quién crees que eres en el presente y la persona que recuerdas ser en el pasado. Y estos límites se encuentran, en muchos casos, diluidos. Pero, ¿nos revela el paso del tiempo algo sobre cómo los humanos nos relacionamos con el recuerdo? Al reflexionar sobre su composición, parece imposible no acariciar la idea de la nostalgia. La nostalgia es realmente incómoda de sostener, aunque generalmente pasajera. El vacío de recordar la efusividad que sentiste por esa etapa perderá fuerza mañana. Pero es que hay belleza en lo irrecuperable. No quisiera recuperarlo; sin embargo, sí atesorar el placer de recordar cómo eso me hacía sentir. Permitir emocionarme con lo que conforma de mí ahora, aunque sea imposible abrazarlo como en aquel entonces. Está claro que las transiciones traen consigo pérdidas, dando la despedida a mementos y a quienes los componen. No obstante, también nos develan nuevas ilusiones y conexiones.
Por lo tanto, eso es lo que se nos revela: comprender la trascendencia de vivir para seguir recordando, y recordar para continuar viviendo. Entregarse a la gracia de la vida y a la complejidad de las conexiones humanas.
Sentir amor por todas las personas que ya no me acompañan, pero viven en mí. Reconocer la magia que habita un buen momento, sabiendo que un día quedará suspendido en la ternura del recuerdo.
Aunque ya no estés en mi vida, venero nuestro tiempo compartido. Y si aún estás, seguiré cuidando la belleza de lo que nos permanece, sin olvidar abrirme a la novedad del hoy y del ahora.