La asignatura que faltaba

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Hay un momento, normalmente silencioso, en el que uno/a descubre que se ha hecho adulto de verdad. No suele ocurrir al cumplir 18 años. Tampoco el día que terminas la universidad. Ni siquiera cuando encuentras tu primer trabajo.

Sucede frente a una pantalla, mirando una nómina que no entiendes. O intentando descifrar un contrato de alquiler lleno de palabras que parecen escritas para que nadie las comprenda. O cuando abres una factura de la luz y piensas que quizá estudiar sintaxis durante años era más sencillo que averiguar por qué este mes pagas 40 euros más.

Entonces aparece esa frase que todos hemos pensado alguna vez:

“¿Y por qué nadie me enseñó esto?”

Es curioso. Pasamos más de quince años dentro de un sistema educativo. Horas y horas aprendiendo fórmulas matemáticas, comentando textos, memorizando ríos, fechas históricas o estructuras químicas. Y, sin embargo, muchos/as jóvenes llegan a la vida adulta sin saber cómo hacer una declaración de la renta, qué diferencia hay entre salario bruto y neto o cómo interpretar las cláusulas básicas de un contrato laboral.

No se trata de despreciar lo aprendido. La cultura, la historia o la literatura son fundamentales. El problema quizá no sea lo que enseñamos, sino aquello que olvidamos enseñar.

Porque hacerse adulto no consiste únicamente en encontrar un trabajo o independizarse. También implica aprender a moverse en un mundo lleno de pequeñas decisiones cotidianas para las que casi nadie te prepara. Saber gestionar el dinero. Entender un préstamo. Identificar una estafa. Pedir una ayuda pública. Organizar tu tiempo. Cuidar tu salud mental. Afrontar una entrevista de trabajo. Aprender a poner límites. Saber incluso cómo pedir cita en un médico sin llamar a tu madre/padre.

Y muchas veces las meteduras de pata no nacen de la irresponsabilidad. Nacen de la falta de formación.

Hay algo profundamente injusto en descubrir que algunas de las cosas más importantes de la vida se aprenden a golpes. Como si la sociedad hubiese asumido que determinadas herramientas básicas deben adquirirse por intuición, por suerte o porque alguien cerca de ti te las explica. Y ahí también aparece otra desigualdad silenciosa: no todos los jóvenes parten del mismo lugar.

Hay quien crece escuchando conversaciones sobre hipotecas, contratos o impuestos en casa. Y hay quien llega completamente a ciegas a la vida adulta. No porque tenga menos capacidad, sino porque nadie se sentó nunca a explicárselo.

Quizá por eso tantos jóvenes viven la adultez con una mezcla extraña de ansiedad y vértigo. Porque sienten que deben saber cosas que nadie les enseñó. Como si todos estuvieran interpretando un papel para el que no recibieron guion.

Y quizá haya llegado el momento de preguntarnos qué significa realmente educar.

Porque tal vez educar no sea solo preparar para aprobar exámenes. Tal vez también sea preparar para vivir.

Para entender el mundo. Para defenderse en él. Para tomar decisiones con criterio. Para no sentirse perdido frente a un banco, una administración o una nómina. Para comprender que la autonomía también se aprende.

Quizá algún día exista en colegios e institutos una asignatura menos obsesionada con memorizar y más centrada en acompañar. Una asignatura que enseñe cosas aparentemente pequeñas pero profundamente importantes. Cómo funciona un alquiler. Qué impuestos pagamos. Cómo gestionar emociones. Cómo convivir. Cómo cuidar nuestra salud mental. Cómo entender el mundo laboral. Cómo pedir ayuda.

No solucionaría todos los problemas. Pero probablemente evitaría muchos miedos silenciosos.

Porque hay algo que casi todos los adultos comparten, aunque pocas veces lo digan en voz alta: durante mucho tiempo fingieron entender cosas que en realidad nadie les había enseñado.

Jorge Jiménez Cañas

Jorge Jiménez Cañas

Aspiro a participar en el cambio social global mediante el empoderamiento de las personas vulnerables, através de las instituciones públicas y/u ONG cuyo ámbito sea la cooperación internacional para el desarrollo y la ayuda humanitaria.

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