Cuando la vida se piensa para adultos, la infancia se encoge

InfanciaEducación
image Cuando la vida se piensa para adultos, la infancia se encoge

El otro día pensaba en la rutina de muchos niños y niñas. A las 8:30 ya están en el colegio, pero antes han desayunado, se han vestido y han salido de casa con prisa. Desde ahí, el día avanza sin apenas huecos: clases, tareas, evaluaciones… y al terminar, no hay descanso, sino una segunda jornada. Inglés, deporte, música. Después, deberes, repasar, preparar el día siguiente.

Visto con cierta distancia, cuesta no hacerse una pregunta incómoda: ¿en qué momento la infancia empezó a parecerse tanto a la vida adulta?

Durante mucho tiempo hemos pensado que todo esto responde a una mejor preparación para el futuro. Pero quizá la explicación es otra. Quizá no estamos educando peor ni mejor, sino trasladando a la infancia la forma de vida que hemos construido como adultos. Una vida acelerada, llena de objetivos, donde el tiempo se mide, se optimiza y rara vez parece suficiente.

El sociólogo Hartmut Rosa describe esta sensación como “aceleración social”: vivimos cada vez más deprisa, pero sin la sensación de llegar nunca del todo. Y en ese contexto, parar incomoda. El tiempo sin objetivo parece tiempo perdido. Desde ahí, no es tan extraño que la infancia empiece a organizarse igual.

Pero hay algo más. No solo hemos llenado la agenda de los niños; también hemos ido vaciando los espacios donde podían ser niños.

Cada vez hay menos tiempo para bajar a la calle sin plan, para alargar una tarde en el parque, para encontrarse sin que alguien haya organizado ese encuentro. Las plazas, los barrios, incluso los ritmos cotidianos han ido cambiando. Muchas ciudades están pensadas para circular, llegar y producir, más que para quedarse, jugar o simplemente estar.

Y cuando esos espacios desaparecen, el tiempo libre deja de tener sentido. Se convierte en un vacío que hay que rellenar. Así aparecen más actividades, más planificación, más estructura. No siempre por presión directa, sino porque parece lo natural.

Autores como David Elkind ya hablaban hace décadas del “niño apresurado”, señalando cómo las expectativas adultas invaden etapas que necesitan otro ritmo. Y sin embargo, hoy esa idea parece haberse normalizado.

Quizá el problema no es que los niños hagan muchas cosas. El problema es que cada vez tienen menos espacio para no hacerlas.

Porque la infancia necesita algo que no siempre encaja en nuestra forma de entender el tiempo: necesita margen. Tiempo sin objetivo, sin evaluación, sin utilidad inmediata. Espacios donde no pase nada y, precisamente por eso, pueda pasar todo.

Tal vez la pregunta no es cómo preparar mejor a los niños para el futuro.

Tal vez la pregunta es si el tipo de vida que hemos construido merece ser el modelo al que queremos que se adapten.

Porque crecer no debería ser una carrera.

Y la infancia no debería vivirse con prisa.

Jorge Jiménez Cañas

Jorge Jiménez Cañas

Aspiro a participar en el cambio social global mediante el empoderamiento de las personas vulnerables, através de las instituciones públicas y/u ONG cuyo ámbito sea la cooperación internacional para el desarrollo y la ayuda humanitaria.

Seguir